sábado, 26 de abril de 2008

Encuentro en la niebla

Recuerdo que hacía mucho frío, estaba en medio de la calle mientras una fuerte niebla bloqueaba completamente mi vista, no podía ver nada. Me abrazaba a mí mismo intentando calentar mi cuerpo, intentando… no sentirme solo. Porque ella ya no está, se fue, ellos la apartaron de mí, para siempre. Lo único de lo que estaba seguro… es que nunca más la volvería a ver. No tengo a donde ir, no tengo a nadie más, no me queda NADA, sólo un completo y lleno VACÍO.
Las personas pasaban al lado mío, algunos incluso chocaban conmigo, pero nadie se inmutaba, nadie hacia nada… NADIE. Comencé a llorar y a pedir ayudar, pero ni una sola persona me escuchaba, o mejor dicho, a nadie le importaba.
Realmente no sabía si esa niebla era sólo producto de mí imaginación o si realmente existía, tal vez no quería aceptar que ya no le importaba a nadie. Me tiré al suelo, ya no podía seguir llorando, desde que ellos la arrebataron de mí es lo único que había sabido hacer, ya me dolía la garganta y sentía que no quedaba ya ni una sola lágrima en mí. Era un trabajo inútil, no importaba que tan fuerte llorara o gritara, nadie vendría en mí auxilio, al menos así lo sentía. Llorar ni siquiera hacía que se aliviara el dolor, por lo tanto, ya no había motivos para seguir haciéndolo.
Pero de repente, la niebla empezó a disiparse, tampoco era que fuera un día soleado, pero al menos ya no sentía esa desesperación de no ver nada. A medida que las nubes se iban, vislumbré a un hombre que nunca había visto en toda mi vida de pie frente a mí. Ahora sé que en ese momento él tenía cincuenta años. El hombre se agachó, colocó su mano encima de mí cabeza, por un segundo pensé que me iba a golpear y hacerme lo mismo que ellos le hicieron a ella, pero en lugar de eso, empezó a hacerme cariño, ya ni recordaba lo bien que se sentía una mano frotando tú piel de una forma calida y cariñosa.
- ¿Quién es usted? – pregunté con un tono tímido pero no por eso menos expectante -.
- No te preocupes, no quiero hacerte daño.
- Pero eso no es lo que yo le pregunté.
- Ya habrá tiempo para que sepas mi nombre, lo bueno es que yo ya sé el tuyo.
- ¿Cómo lo sabes si yo nunca te he visto?
- Porque yo la conocí.
Una gran sonrisa se formó en mi boca, cualquier cosa que la revocara me causaba fruición.
- ¿La conociste?, ¿Cuándo? – le pregunté de una forma muy desesperada, necesitaba saber quién era él y cual era su conexión con ella.
- De toda la vida, yo solía jugar con ella cuando éramos niños, siempre la amé, pero nunca se lo dije, y ahora ya es demasiado tarde.
- Ellos…
- Yo sé lo que ellos le hicieron, pero eso ya no importa, lo único importante aquí es que ya no volverás a estar solo.
Inevitablemente mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas, supongo que era una especie de mezcla entre angustia y felicidad.
- ¿Vas a cuidar de mí?
- Sí, tal vez ya no pueda volver a estar con ella, a pesar de que la busqué durante toda mí vida desde que nos separaron, ya es muy tarde, pero al menos ahora podré cuidar su mayor tesoro.
Me puse de pie, el hizo lo mismo, tomé su mano y miré hacia arriba intentando ver su templada mirada que calmó toda esa angustia que llevaba cargando desde el día en que ella se fue de mí lado, y ahí lo comprendí, de una u otra forma… ella seguía conmigo.